Desprendía un aire muy superespiritual. Y aunque no suele pasar, consiguió incomodarme al enunciar su particular teoría sobre uno de los problemas del budismo Zen: “cuánto más firmemente trata el ego de no estar ahí, más presente se vuelve en su intento”. O algo similar. Sabía por qué lo decía pero en el fondo no me importaba. Siempre fui -y espero no dejar de serlo- un jodido egocéntrico que jamás piensa tomarse unas “vacaciones de su propio ego”. Despues de éso merecía que la llevara a mi cama. Me costó bastante convencerla de salir a tomar una copa pero finalmente accedió con el compromiso de no ir a ningún bar de la zona de moda ya que según ella, no nos convenía a ninguno de los dos que nos vieran juntos. En mi caso era cierto: que se me relacionara con una catedrática neo hippy con remarcados y omnipresentes humos, no era el mejor impulso para mi maltrecha carrera de seductor de lunes a jueves. Me llevó a un bar de gays -por lo de la intimidad- localizado en una calle paralela a la Rambla. Su decoración encendió inexplicablemente aun más mi lívido. Vivía cerca. Acepté su amable invitación de subir a su apartamento a tomar mate, cosa que no llegamos a hacer ya que me perdí accediendo a complacer sus rarezas en el entresuelo, logrando que se corriera varias veces. De hecho ignoraba que fuera multiorgásmica. Ella tampoco lo sabía. Interpreté al piano del amanecer todo mi repertorio -como dicen mis amigos Urquijo- hasta que exhausto, salí por patas de aquel cuchitril del carrer del Nord, bajo la atenta mirada de un par de traficantes de color (o al menos éso parecían).
Cada día como hoy (23 abril) oigo cientos de veces el nombre del objeto/flor que da nombre a su nombre y ello me lleva a aquella noche que empezó con una conferencia y terminó, como siempre y gracias a Dios, con un frío amanecer.
Sólo quería contarlo.
El Campeón

Mos ha sortit cachadoret lo noi